lunes, 16 de febrero de 2015

IMBORRABLE -capítulo tres-

Después de casi unas dos semanas de un trabajo que no podría ser descrito como arduo pero que me ayudaba a distraerme de lo que usualmente hacía cuando no tenía nada que hacer, los recuerdos del tal Jonas ya no me visitaban con frecuencia. Quizá en la ducha, cuando me quedaba inerte mirando las simétricas gotas salir del grifo, o en el momento anterior a quedar dormida en las siestas. Pero cada vez eran más cortos. La misma escena, fraccionada. Pequeños marcos distintos de aquello que solía ser entero. De igual manera, me seguían estremeciendo, seduciendo, me dirigían encantada hacia el misterio. ¿Cómo sonaría aquella voz? Podía imaginarla. Dulce, al igual que gruesa. Podía traspasar mis oídos acariciándolos, y sumirme al paraíso como cualquier álbum de Radiohead lograba hacerlo. Eso era. Su voz era una canción. Una pista desconocida, perdida entre aquellos discos rotos que no tendría el placer de oír jamás.

Cada día era igual, pero la rutina a veces logra transformarse encantadora cuando la compartes con la persona indicada. Ahí estaba Celia; con su delantal verde y su ropa negra, descoordinando de una manera mágica el orden de aquél uniforme con  su cabello azul resplandeciente. Regalaba sonrisas a cada cliente, que salía sacudido de encanto del local después de ser atendido con la que parecía ser la joven más feliz de toda la ciudad.

–Emma –pegó un pequeño salto al verme llegar. Extendió una amplia sonrisa por todo su rostro–Te ves esplendida hoy. Debes decirme cómo haces para lucir tan linda cada día.  
  Aquellos comentarios eran típicos de una persona como ella. No sabía a qué otras mujeres se los hacía, pero la verdad es que no me parecían extraños ni desubicados. Me halagaban, me hacían sentir cómoda, tanto como lo hacía su presencia.
–Puedo prometerte que ni siquiera lo intento –sonreí, aunque esa era la verdad– ¿cómo se ve el panorama de hoy?
–Tranquilo, como siempre. Verás, nuestro descanso se extenderá bastante hoy. Dudo que alguien asista, la mayoría estará viendo la apertura del Super Bowl. Con suerte, quizá hasta podamos irnos más temprano.
–Eso sería bueno –no estaba tan convencida. Volvería a mi casa en vez de pasar tiempo fuera de ella. Volvería a ese sillón y me pondría a pensar. Los recuerdos quizás volverían con la misma intensidad que antes, y la angustia no tardaría en acompañarlos, la botella de Ron saldría de su escondite. Suena fatalista, pero el tiempo que pasaba sola era una tortura, una guerra contra el reloj. Era un castigo diario, que se había tomado unas vacaciones cuando había comenzado el trabajo, agotando suficientes horas y energía como para volver cansada al 346 de la calle Pickup. Podía haber trabajado jornadas de 24 horas sin problemas.
–Lo es –rebuscó entre mis ojos, que ahora reposaban en el suelo demostrando mi poco entusiasmo. Podía sentir la compasión en sus ojos grises en cuanto levanté la mirada– ¿Por qué no vamos por una pizza después? ¿Te gustaría? –y me dedicó la sonrisa más tímida y linda que había visto.
–Por supuesto, claro que me encantaría- respondí con un rubor hasta en la voz.
–Hecho entonces –me codeó suavemente en las costillas, sin quitar la expresión amable de su rostro. A la proximidad en que se encontraba, podía oler su aliento: una mezcla entre menta y café. – ¿te dije ya que hoy te ves estupenda?

El resto del día se me pasó entre sonrojos y comentarios dulces, once o doce clientes y un latte de vainilla derramado. El irnos antes se nos fue permitido y lo ansiaba como nada. Quería ver a Celia en un lugar dónde no sea el diario. Ver como se desenvolvía con la parte del mundo que no venía hacia ella. Moría por verla sonriendo mientras ordenaba la cena, quería más que nada ver que ropa se ponía y si se maquillaría resaltando el grisáceo perlado de su mirada. Verla me resultaba encantador, atrayente. Me sentía como un insecto guiado por la luz. Su seguridad emanaba un aire contagioso, tóxico del mejor modo: su ánimo podía convertir a un psicópata en una mejor persona. Y lo que no me extrañaba hace unas horas, comenzaba a hacerlo ahora.Quizás sus piropos juguetones estaban ayudando a darme cuenta de algo que no asimilaba. Quizás Celia me gustaba.
Comenzaba a sentir mis latidos en el pecho, cuando Austin, un chico petizo y musculoso de pelo rubio hasta los hombros que solo ocupaba el turno de la tarde, llamó mi atención tocando mi hombro.

– ¿Puedes atender al último? Tengo que irme, llego tarde a una reunión –corrió un mechón rubio de su redonda cara bronceada–, por favor.
–No hay problema –respondí. Pocas veces habíamos hablado y no tenía mucho interés en hacerlo. Ciertamente, no parecía muy amable.
–Gracias, te lo debo… Emma –pareció hacer un esfuerzo para recordar mi nombre pero aún así fue agradable. Hizo una mueca, un intento de sonrisa (no podía ni siquiera compararse con una de las de Celia) y se alejó. “Debería empezar a juzgar menos…” pensé, y me di vuelta para atender a quién sería el último cliente del día.

Sin levantar la vista rebusqué entre la pequeña mesa inferior del mostrador una libreta para anotar el pedido. Tomé una lapicera y concentrada en el blanco papel, le pregunté qué deseaba.
–Tan solo un café con leche, para llevar por favor.
Su voz me sonó tan conocida que cerré los ojos para concentrarme en ella. Me paralicé. Una fría brisa había recorrido mi cuerpo entero sin ningún aviso previo. Sentí mil puñaladas en mi corazón, sumergidas hasta lo más profundo. Mis ojos parecían sellados, era imposible abrirlos. El peso del frío que me poseía había llegado a todos lados. Cada dedo tieso, cada músculo inerte. No podía reconocer si estaba aún de pie.
– ¡¿Estás bien?! –la voz parecía venir de la lejanía de una cueva. Una luz brillante vino hacia mí en un instante, y entonces lo vi.

Era él. Era Jonas. Mis ojos ya no estaban cerrados. Me hallaba en el suelo y con sus manos en mí cuello, cuidando que mi cabeza no se golpeara. ¿Había muerto y esto era el cielo? ¿Acaso aún seguía inconsciente? Estaba mareada y confundida, pero podía ver su imagen con una perfecta claridad.  Sus labios rosados inmóviles, su rostro en alarma. Aunque el frío me punzaba podía sentir el calor de su cuerpo irradiar todo el lugar.
Estaba a punto de abrir la boca.
A segundos de zambullirme en sus abrazos. Como una loca, maníaca, abrazarlo hasta que no quedaran rastros de él, tan solo una chaqueta y un par de jeans.
Estaba tan cerca de quién me había quitado el sueño todas las noches. De quién creí que era un producto de mi imaginación. De quién estaba ciegamente enamorada.



Pero cuando mis labios se despegaron para formular una oración, todo se volvió oscuro, y perdí la conciencia otra vez.

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